Nutrición en el adulto mayor

Ser un adulto mayor es una etapa fisiológica que no está claramente delimitada cuando comienza. Su inicio se produce en algún momento indeterminado de la madurez y su progresión difiere en cada individuo. Aunque para distintos efectos se considera la edad de 65 años, la OMS (Organización Mundial de la Salud) define su inicio a partir de los 60 años y desde el punto de vista funcional se habla de vejez cuando se ha producido un 60% de los cambios fisiológicos atribuibles a la misma.


El paso de los años se acompaña de una serie de cambios físicos, económicos y socio-culturales que pueden afectar de manera adversa el estado nutricional de los adultos mayores. Alguno de estos cambios puede ser la pérdida de masa muscular, una mayor tendencia a la desnutrición, la disminución de los sentidos como el gusto y olfato, y la reducción de la saliva limitando la capacidad de masticar y tragar. Por otro lado, a nivel gastrointestinal hay cambios que afectan el apetito y la capacidad de digerir alimentos y hay cambios a nivel metabólicos con mayor incidencia de diabetes, hipertensión arterial, disminución de densidad ósea. Por último, a nivel neurológico puede haber confusión por diferentes causas, una de ellas el Alzheimer, y algunos cambios psicosociales pueden deberse al aislamiento social, depresión por pérdida de seres queridos, disminución en la movilidad, ingresos y cambios de la imagen corporal.


En este período es donde se vuelve crucial adoptar comportamientos positivos de estilo de vida, estos incluyen: una alimentación bien equilibrada, la realización de actividad física, el no fumar y el uso adecuado de medicamentos. Desde el aspecto nutricional, los objetivos principales en el adulto mayor son:

  • Mejorar la calidad de vida.

  • Promover la salud.

  • Mantener un estado nutricional óptimo.

  • Asegurar un aporte adecuado de energía y nutrientes.

  • Mejorar la evolución de la enfermedad y la convalecencia.


Para esto, además de tener en cuenta un adecuado aporte de calorías, macro y micronutrientes y una buena ingesta de líquidos, hay que contemplar las patologías prexistentes y características individuales. Cobran especial importancia algunas características de la alimentación como una presentación atractiva, variada, de fácil masticación y que se adapte a gustos y necesidades.

Alimentos recomendados en el adulto mayor


En el adulto mayor, algunos aspectos como el menor apetito, la saciedad precoz y la falta de interés por la comida deben ser combatidas mejorando las características organolépticas de los alimentos para hacerlos más apetitosos. Siempre deben respetarse los gustos y hábitos alimentarios personales. Es casi imposible tratar de generar un cambio de hábitos en esa etapa de la vida. Comer es un acto de relación social y, por tanto, el ambiente donde se come debe ser agradable, relajado y que favorezca la comunicación con los otros.


Los cereales y tubérculos son la base de la alimentación. Las formas integrales son buena fuente de fibra, minerales y vitaminas. En aquellas personas con patologías del tubo digestivo conviene indicar el consumo de pan blanco desecado debido su fácil digestibilidad. Además, se recomienda seleccionar galletitas con mayor valor nutritivo y de fácil disgregación como vainillas o galletitas de leche.


En el caso de las verduras y hortalizas, se sugiere un consumo mínimo de dos raciones diarias, que puede ser una de ellas cruda en trozos pequeños o en jugos vegetales en caso de dificultades en la masticación, deglución o según el nivel de tolerancia gastrointestinal, y la otra ración en forma de verduras cocidas y subdivididas debido a su mejor tolerancia y para favorecer el tránsito intestinal por el contenido de fibra.


A las frutas se recomienda ingerirlas a lo largo de 2 o 3 raciones por día. Estas pueden ser crudas para conservar su valor vitamínico, o en jugos, asadas o en compota. Se toleran mejor las frutas maduras, sin cáscara, pisadas o licuadas.


La leche y los derivados lácteos son básicos en la alimentación de la vejez. Al ser fuente de calcio, vitaminas A y D, ricos en potasio, fósforo, sodio, azufre y magnesio, aportan proteínas de alto valor biológico. Se recomienda consumirlos descremados y evitar quesos duros por mayor contenido de grasas saturadas y sodio.


Al momento de hablar de carnes y sus derivados, se recomienda consumir cortes magros, con tan solo 100 g/día se cubre gran parte de la recomendación de proteínas y hierro. Elegir preparaciones de fácil masticación y digestión como las albóndigas o hamburguesas caseras ante la dificultad para masticar. Se desestima el uso de vísceras por su elevado aporte de colesterol, salvo una pequeña ración de hígado cada 15 días por el aporte de vitaminas, ácido fólico y hierro de alta biodisponibilidad. No olvidar de consumir entre 2 o 3 veces a la semana pescados por su alto contenido de ácidos grasos omega 3 que normalizan los niveles de colesterol y triglicéridos.


Los huevos aportan proteínas de alto valor biológico por lo que es recomendado su consumo entre 3 y 4 veces por semana. Es un alimento muy útil para enriquecer las preparaciones, fácil de preparar, conservar y digerir.


En el caso de las legumbres aportan buena fuente de fibra soluble y proteínas a relativo bajo costo, pero suelen ocasionar disconfort abdominal a causa de su difícil digestión. En estos casos conviene ir probando la tolerancia con pequeñas cantidades, bien cocidas y subdivididas e ir aumentando progresivamente hasta un máximo adecuado. Por otro lado, los frutos secos aportan ácidos grasos cardioprotectores y son un excelente complemento durante periodos de inapetencia. Contribuyen a aumentar la densidad nutricional de la dieta.


Se recomiendan 2 cucharadas de aceite crudo diarias. Siempre preferir los aceites puros como el aceite de oliva, maíz y girasol, etc. y no mezcla y evitar el consumo de frituras. A su vez, los azúcares aportan calorías vacías (energía sin nutrientes), siendo útiles en ancianos con requerimientos energéticos aumentados. Limitar su ingesta a las cantidades contenidas en postres ya que utilizado en altas concentraciones (más de 20% en soluciones líquidas) puede producir diarreas osmóticas. Lo mismo sucede con las mermeladas dulces o miel, solo se aconsejan para completar el valor energético de la dieta por su fácil digestibilidad.


Algo fundamental es el requerimiento hídrico. Deberá asegurarse el aporte diario de 30 – 35 ml por kg de peso al día. Es muy importante la hidratación en este período de la vida ya que se encuentra disminuido el reflejo de la sed y hay mayor riesgo de deshidratación.


Siguiendo todos estos consejos es como favorecemos la calidad de vida que se ve disminuida por el paso de los años y los cambios que pueden afectar de manera adversa el estado nutricional de los adultos mayores.




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